Debo
reconocer que este tercer volumen de la trilogía es bastante bueno. Como ya os
habréis leído el segundo, sabréis lo que ocurre al finalizar este, y desde ahí continuaremos.
Bueno, al
principio de Sonsajo la cosa pintaba mal, porque a mí me gustaba la Katniss del primer
volumen, la que era valiente, decidida y tenía más peligro que los gremlins
cantando bajo la lluvia. Pero claro, tras los Juegos, los dos, pues está rota y
derrumbada. Y lo comprendo, es normal, pero la pobre es tan maniacodepresiva
que ya pensaba que este libro iba a ser un tostón, o que, como el segundo, no iba
a gustarme tanto como el primero. Para que os hagáis una idea sin desvelar
argumento, un buen día le da a Katniss por reflexionar acerca de cómo se
sentiría si con tanto jaleo y lucha contra el Capitolio alguna vez perdiera a
Gale y Peeta, y piensa así:
Intento imaginarme un mundo en que ya no
existan las voces de Gale y Peeta, en el que sus manos queden quietas, en el
que sus ojos no parpadeen. Estoy de pie sobre sus cadáveres viéndolos por
última vez, abandonando la habitación en la que yacen. Sin embargo, cuando abro
la puerta para salir al mundo, solo hay un tremendo vacío, una pálida nada
gris, que es, en resumen, mi único futuro.
Y en este
plan, siendo la alegría de la huerta, se pasa Katniss el comienzo de la novela.
Puff…
Pero luego la
cosa mejora. La novela, como sus dos predecesoras, está dividida básicamente en
dos partes. Primero la denominada “parte tostón”, que no es que aburra, para
nada, pero tiene un tono tan opresivo y deprimente que agobia, con la
protagonista haciendo nudos compulsivamente en una cuerdecita en cuanto te
descuidas. Que hasta Finnick, que iba antes en plan chulito, ahora es también
un cuerpo triste… Y después la llamada “parte acción”, donde de verdad pasan
cosas, no solo a nivel psicológico del personaje, sino en el entorno. Y aquí la
cosa se anima. Mucho. Katniss casi vuelve a ser la misma de antes y la historia
es emocionante y adictiva, con un final excepcional, no os diré si triste o
bueno, o hasta un poco de ambos. Solo diré que vale la pena leer hasta ahí.
Y quería
resaltar un par de cosas que me han llamado la atención.
Primero, lo
de que el sistema de alcantarillado y túneles de servicio del Capitolio tenga su acceso por el baño
de algunas casas. Sí, es más directo, claro, pero imaginad la situación.
Tenemos a la típica ciudadana del Capitolio: Lady Gaga, con su pelo rosa
encrespao, cubierto con las luces del árbol de Navidad, que se encienden y
apagan, encienden y apagan, pin-pin, pin-pin, sentada ella en el trono con las
braguitas de piel por los tobillos, tan calentitas en invierno. Y mientras está
congestioná por el esfuerzo, porque no se ha tomado sus All Brans con ciruelas,
se abre una compuerta y desfila un grupo de obreros, que te dejan la moqueta y
el parqué llena de restitos de lo que circula por ahí abajo… ¿Pues no es más
fácil poner la compuerta en la calle, alma de cántaro? No sé, igual es que no
comprendí bien esa parte de la novela, no capté la esencia subyacente o algo…