Como
seguramente sabréis, y si no, ya os lo digo, compagino mis estudios con un
trabajo en una librería. Y se me ha ocurrido que lo más probable es que el
mundo entero, incluso más allá, se muestre expectante por descubrir los
entresijos subyacentes de la vida de un librero. Cuando uno piensa en la típica
señora con moño y gafas que siempre te está chistando (bueno, eso es una
bibliotecaria, pero da igual) la ve ahí, tras su mostrador, rodeada de libros.
Pero, ¿alguna vez os habéis preguntado cuáles son sus vivencias en la librería?
¿Qué clase de gente compra libros y cómo lo hace? ¿Alguien más ha consultado
alguna vez aquello tan ridículo que consultaste tú? ¿Alguien se para en el
estante de los kamasutras? ¿Es cierto el increíble magnetismo sexual de los libreros?
Bueno, a eso ya os respondo que sí, no hay más que verme. Y a lo largo de las
entregas de este “Diario” os desvelaré curiosidades y anécdotas de la vida
entre libros.
Para esta
primera entrega necesitaría la sintonía de Barrio Sésamo…
Vale, ahora
sí. Y es que voy a hacer de Coco, y os voy a enseñar algo que,
sorprendentemente, la gente tiene muy poco claro: el concepto de edición.
Preparaos para pasmaros, porque voy a ilustraros.









